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Emilio Baz Viaud

En el cuarto de hotel, 1941

Temple y pincel seco / cartulina
34.5 x 30 cm
EBV012

La obra realista de Emilio Baz Viaud puede dividirse entre sus refinados retratos de personas de la alta sociedad y de algunas figuras ligadas a la cultura, en contraste con sus escenas urbanas centradas en ambientes de pobreza y prácticas clandestinas; tal es el caso de En el cuarto de hotel en que en el primer plano aparece sobre una cama de latón con las sábanas blancas y la cobija azul desarregladas, una meretriz desilusionada, de semblante demacrado y con un arreglo personal barato, apenas un labial rojo y un permanente, que a leguas evidencia sus artificiales rizos. El tema de la prostitución fue recurrente en la plástica mexicana moderna, desde la icónica serie de La casa del llanto de José Clemente Orozco de 1916, pasando por la interpretación de este tipo de mujer por parte de Manuel Rodríguez Lozano, maestro de Baz Viaud, con quien en este caso guarda fuerte correspondencia por la tendencia de Lozano a la representación de personajes populares con cuerpos fornidos y con manos de tamaño desmesurado; en el lienzo de Baz Viaud, la masa muscular de la prostitua justamente es amplia, rolliza, mientras que sus extremidades al estar extendidas se aprecian blandas y fofas, expresando así, el cansancio poscoito, que le hace incapaz de ponerse sus zapatillas rojas que se ven tiradas sobre el suelo entarimado. Aunado a ello, parece ser, que es con otro alumno de Rodríguez Lozano con quien Baz posee vínculos más estrechos, Julio Castellanos, artista al que Emilio Baz admiraba por su impresionante calidad dibujística, el tono clásico de sus personajes y el ambiente de misterio y desaliento de sus  composiciones como es el caso de El diálogo (Philadelphia Musuem of Art), pieza de 1935, en que también se plantea con crudeza, el momento posterior en que una mujer ha ofrecido sus servicios sexuales a un hombre, en ese caso un soldado. Al igual que en la obra de Catellanos, el ambiente En el cuarto de hotel se torna melancólico e incluso silencioso, por la austera decoración que no va más allá de un par de cuadros mal colgados con clavos que no están bien hundidos en la pared grisácea, además de que la falta de contacto visual entre los personajes, la cuestión de que se den la espalda, marcan la situación de su desigual encuentro, en que el cliente tras el acto sexual opta por arreglarse, al mostrarse ya vistiendo su camisa de rayas rojas y sus amplios pantalones marrón que sostiene con cinturón y tirantes, únicamente con el pendiente de anudarse su corbata roja frente a un espejo ovalado, tras presumiblemente haberse aseado con el jabón, el agua de la palangana, la toalla y el peine dispuestos sobre un tocador de distorsionada perspectiva, como en las pinturas de Cézanne, mostrando así su premura de marcharse y con ello su ansiedad por volver a su realidad fuera de ese cuarto, a diferencia de la condición solitaria y de tristeza de esta mujer que tiene que vender su cuerpo para sobrevivir, sin que ello le traiga un verdadero recobijo o le deje grandes ganancias, como parece expresar su mano extendida y vacía, de hecho, con esta postura pesimista, únicamente portando su camisión, parece que Baz Viaud ha absorbido el lenguaje de Edward Hopper, ya que su prostituta evoca a las figuras alienadas a su destino y carcomidas por un amplio sentido de soledad que pintara el artista norteamericano y cuya obra conoció Emilio Baz Viaud en sus recurrentes viajes a Nueva York.

Maestro Carlos Segoviano, Colección Blaisten, 2019.

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