Piroxilina / masonite
79 x 122 cm
JCO005
En la década de los cuarenta, Orozco utilizó animales fundamentales para el imaginario colectivo mexicano —el jaguar, la serpiente y el águila— en la configuración de alegorías que expresan un sentido de nación. Este esfuerzo produjo las pinturas murales de la Biblioteca Gabino Ortiz en Jiquilpan, Michoacán, y las que están en el edificio de la Corte Suprema y la Escuela Nacional de Maestros (ambas en la Ciudad de México), así como la obra que aquí vemos, que fue la portada del primer número de la revista México en el Arte, julio de 1948.
En esta imagen, un jaguar y una serpiente se enfrentan, mientras un toro yace de espaldas, derrotado. Aunque los referentes prehispánicos del jaguar y la serpiente son bien conocidos, Orozco evita deliberadamente la afiliación de sus imágenes con antiguas fuentes indígenas —a la manera de Diego Rivera— o su asociación con el discurso nacionalista hegemónico. La ambigüedad es la regla.
Entre las claves para poder empezar a descifrar la imagen están: la vinculación simbólica del toro con la identidad hispánica y con la dictadura franquista (como había hecho Picasso con Guernica y en una serie de litografías desde 1945); la serpiente, con su mirada astuta, guarda relación con su antepasado maléfico desde el Génesis bíblico; el jaguar, sin embargo, es un animal querido por los pueblos indígenas de las Américas. Su ferocidad e indomable naturaleza evocan fuerzas instintivas e irracionales. En este caso, la propuesta alegórica corre paralela a la experimentación del artista con materiales industriales como la Piroxilina, sustancia incorporada por primera vez a la pintura mexicana por David Alfaro Siqueiros.