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Manuel González Serrano

La muerte, ca, 1940

Oleo / cartón
35 x 56 cm
MGS029

A partir de los años 40, tras la Exposición Internacional del Surrealismo en México, en que se hizo visible que un grupo de artistas como Roberto Montenegro, Agustín Lazo, Frida Kahlo, María Izquierdo y Alfonso Michel ya venían desarrollando una obra de tendencia fantástica, calificada por Raquel Tibol como “surrealismo criollo”,  es que comenzaron a hacerse explícitos los vínculos del arte mexicano con la Pintura Metafísica. En esta situación, destaca particularmente el trabajo del pintor Manuel Gonzaález Serrano, quien plasmó un tipo de figuración con visos de irrealidad más allá de cualquier lógica; en sus composiciones aparecen escenarios que se muestran áridos, silenciosos e inquietantes, enmarcados por vestigios arquitecturales que enuncian un sentimiento de pérdida y añoranza, a la par de que en estos espacios se reúnen elementos discordantes desde una flora erotizada, objetos modernos fuera de contexto y extrañas esculturas, que nos hacen relacionarlos con el quéhacer de Giorgio de Chirico.

 Precisamente, un elemento clave de la estética dechiriquiana domina el cuadro de Manuel González Serrano llamado La muerte, me refiero a las arcadas que se extienden en extenso hasta un alminar, en este caso, a través de un acueducto virreinal, el de los Remedios en Naucalpan, pintado también por Agustín Lazo y el cual nunca entró en funciones; no obstante, la flora, en específico cactáceas en un terreno desértico, adquieren un panorama fantasmagórico por la presencia de una serie de “objetos” que enrarecen y llenan de irrealidad el ambiente de por si silencioso y plagado de extrañamiento, dando un claro sentido alegórico al título de la pintura.

 En el cielo se extiende una amplia nube cumulonimbus, que parece presagiar una tormenta, frente a la cual flota un misterioso papalote que se fuga a la parte más alta y obscura del firmamento, el cual es controlado por una mujer de vestido rosáceo que corre sobre el acueducto como presa de la locura o de una ingenua alegría ante la vida, sin darse cuenta que en su peligroso andar, debajo de la arquitectura, como esperando su caída, se presenta una presencia femenina misteriosa, la cual sin duda alude a la muerte, al estar cubierta completamente con una sábana blanca que sólo permite ver su rostro, el cual sin embargo, lo atestiguamos únicamente como una oscura presencia.

Para acentuar la atmósfera siniestra del cuadro, González Serrano ha dispuesto entre las arcadas, algunas rocas y los restos torácicos de un animal, carcomidos por el sol, expresión implacable sobre de la fugacidad de la vida.

 

 

Maestro Carlos Segoviano, Colección Blaisten, 2019.

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