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Rufino Tamayo

Naturaleza muerta con pie, 1928

Oleo / tela
58.1 x 51 cm
RT003

Tras su primer viaje a Nueva York en 1926, Rufino Tamayo puso en práctica los diversos recursos de las diferentes vanguardias artísticas que conoció en Estados Unidos, en especial, comenzó a realizar una serie de naturalezas muertas que, por las relaciones inesperadas entre los objetos dispuestos, rememoraban al misterio y silencio dispuesto en las obras metafísicas de Giorgio de Chirico, es decir, Tamayo se apropió del método dechiriquiano de conjuntar elementos aparentemente inconexos para formular enigmáticas “vidas silenciosas” (still leben), término con que en alemán se nombra a las naturalezas muertas y que de Chirico prefería utilizar para resaltar el tiempo detenido y el extrañamiento que producían sus composiciones. Para Raquel Tibol, la segunda estancia neoyorquina de Tamayo en 1928, confirmó su atracción por el proceder del maestro italiano, ya que le permitía construir una obra realista, pero sin caer en la anécdota o el proselitismo con el que se manejaba el muralismo mexicano, dándole la posibilidad en cambio, de generar ambientes envueltos de patetismo y poesía. El propio pintor oaxaqueño habría de confirmar su interés por la Pintura Metafísica en una entrevista a su regreso a México, en que señaló que además de Picasso y Matisse, la pintura de De Chirico era la que más le interesaba.

 Así, a partir de 1928, Rufino Tamayo comenzó a confeccionar una serie de imágenes teatrales como son los casos de Los caracoles (Colección particular), Naturaleza con pie (Colección Blaisten) o Arreglos de objetos (LACMA), en que a partir de espacios cerrados, el pintor mexicano dispuso elementos de diferentes orígenes, algunos provenientes de la naturaleza como frutas, otros en conexión con el incipiente desarrollo industrial en el país cual bombillas o cigarrillos y algunos vinculados con el arte (maniquíes) o las artesanías (juguetes populares), yuxtaposiciones arbitrarias que acrecientan su misterio por las extrañas sombras y los diferentes puntos de vista que enrarecen la percepción, precisamente, mecanismos también utilizados por la metafísica.

 En estas composiciones sin aparente lógica, Tamayo, al igual que de Chirico, procuró aislar a los objetos de sus funciones originales, condicionando su interpretación y envolviéndolos de misteriosos significados e incluso adversos a sus condiciones habituales, tal es el caso de Naturaleza con pie en que, además del extrañamiento producido por la inexplicable aparición de un molde, unas tijeras, unos naipes y un tabaco, se suma una puerta abierta, que como en la metafísica, abre a otra realidad en la que se ve descender en estrepitosa y humeante caída, un globo de Cantoya de colores verde y rojo, que parece presentarse como una postura negativa o al menos de incertidumbre frente a la exaltación nacionalista de otros cuadros de la época como El globo (1930) de Ramón Caño Manilla, en que el aerostático tricolor festeja con su ascenso la Independencia de México. Además, cabe recordar que en este periodo el trabajo de Tamayo a veces se confunde con el de su entonces pareja María Izquierdo, con quien colaboraba en estrecho, justo en la elaboración de estas herméticas obras, en que predominan los colores sepias y tierras, muy alejados aún de la brillante paleta con el maestro oaxaqueño destacaría a partir de los años cuarenta y por la que hoy día es más recordado.

 

Maestro Carlos Segoviano, Colección Blaisten, 2019.

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