Rufino Tamayo, 1899-1991

Biografía de Rufino Tamayo

Rufino del Carmen Arellanes Tamayo nació el 26 de agosto de 1899 en la ciudad de Oaxaca, México. Fue un renombrado pintor, muralista y grabador, considerado como uno de los artistas mexicanos de mayor importancia del siglo XX, siendo además uno de los primeros latinoamericanos que consiguió reconocimiento y difusión internacional de su obra.

Fue hijo de Miguel Ignacio de Jesús Arellanes Savedra Navarro, zapatero nacido en la Ciudad de Oaxaca y de Florentina Tamayo, costurera oriunda de Tlaxiaco, Oaxaca.? El matrimonio se separó en 1904, su madre murió tres años más tarde y Rufino quedó al cuidado de su tía Amalia, quien lo llevó a la Ciudad de México en 1911. Su tía insistió en que tomara clases en una escuela de comercio, pero finalmente la familia cedió a los deseos de Rufino y aprobó su ingreso a la Escuela Nacional de Artes Plásticas en 1917, donde se encontró inconforme con los planes de estudio, sin embargo continuó asistiendo como alumno regular hasta 1920 cuando Roberto Montenegro se convirtió en su maestro. Montenegro había vuelto de Europa con ideas nuevas que desconcertaron a los maestros que optaban por una formación tradicional y académica.

La etapa inicial de su trabajo pictórico coincidió con el apogeo de la pintura mural mexicana. Sin embargo, decidió no repetir las fórmulas de la retórica política emanada de la Escuela Mexicana de Pintura mediante el desarrollo de un estilo propio. En el campo de la gráfica experimentó con los recursos del grabado en madera, con el cual logró novedosas imágenes. En 1921, con la creación por José Vasconcelos de la Secretaría de Educación Pública, artistas e intelectuales se incorporaron al trabajo cultural del Estado; Tamayo fue nombrado Jefe del Departamento de Dibujo Etnográfico del Museo Nacional de Arqueología. Esta fue la coyuntura ideal para que abandonara definitivamente la Escuela de Bellas Artes pues encontró en el arte prehispánico y las artes populares la fuente de su trabajo.

A partir de 1926 pintó naturalezas muertas y paisajes urbanos. Muchos de sus trabajos entre 1929 y 1938, reflejan su relación con María Izquierdo y la influencia que los dos artistas tuvieron el uno sobre el otro. Su trabajo pictórico de este periodo se caracterizó por expandir las posibilidades del cubismo. Otras telas de ésa época se basaron en una poética libre de la vida cotidiana, exaltada con el color, en esos trabajos incorporó también sensualidad y exotismo, mezclados con cierto espíritu primitivo. Para entonces, su labor gráfica alcanzó presencia internacional.

La década de los cuarenta constituyó el primer gran periodo creativo de Tamayo, que tuvo como escenario la ciudad de Nueva York, donde radicó durante casi 20 años. En 1949 viajó a Europa para exponer en varias ciudades. Las obras de esos años son violentas, a veces sombrías, otras exaltadas, pero siempre intensas y reconcentradas. Fue entonces que Tamayo descubrió la facultad metafórica de los colores y las formas.

En los años cincuenta consolidó su fama internacional. En el primer lustro de esa década terminó importantes murales. Al final del decenio aprovechó los adelantos técnicos para imprimir originalidad, delicadeza y elegancia a su obra gráfica. Trabajó con la litografía, un campo de innovación en el que volcó su sensibilidad. Tamayo y su esposa Olga regresaron a México en 1964. Finalizó seis murales más, entre ellos Dualidad (Museo Nacional de Antropología), trabajo que ha devenido en icono de la pintura mexicana.

Su creación pictórica y su obra seriada, corrieron de manera paralela en los años setenta. En la pintura se volvió más sintético y en la gráfica experimentó con diversos materiales e introdujo el uso del collage, logrando ilimitadas posibilidades en la textura y calidad de sus obras. A mediados de la década comenzó a ensayar con un nuevo proceso, hasta lograr, junto con Luis Remba, director del Taller de Gráfica Mexicana, la mixografía. Ambos diseñaron herramientas y maquinaria para integrar color y textura al papel, convirtiéndolos en sustancia y parte del mismo.

En la octava década de su vida definieron su pintura el rigor plástico y la imaginación que transfigura al objeto. La compleja síntesis a la que llegó incluía rasgos del arte prehispánico, el arte popular y las distintas vanguardias internacionales. Su obra puede sintetizarse en las siguientes palabras de Octavio Paz: “El elemento reflexivo es la mitad de Tamayo, la otra mitad es la pasión que nunca se degrada”.

En 1990 concluyó El muchacho del violín, su último óleo. Murió el 24 de junio de 1991. Sus restos fueron depositados en el Museo Tamayo Arte Contemporáneo de la Ciudad de México.