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Roberto Montenegro

Homenaje a Chirico, 1944

Oleo / tela
70.5 x 59 cm
RM027

Hacia 1926, Roberto Montenegro se relacionó con los literatos del grupo conocido como los Contemporáneos, que a través de sus publicaciones, en las que el pintor tapatío participó, pusieron al país en contacto con las formas vanguardistas de poesía, teatro y artes plásticas que se desarrollaban en Europa y Estados Unidos en el periodo de entreguerras mundiales, lo cual fue paralelo al momento en que Montenegro dio rienda suelta a su vena fantástica,[1] al elaborar en 1930 sus primeras obras que han sido calificadas de surrealistas, Adioses y El hijo pródigo, ambas de 1930, que muestran claros contactos con la gramática visual de Giorgio de Chirico, Salvador Dalí e Ives Tanguy. De hecho, en los números 3 (agosto 1928) y 23 (abril 1930) de la revista Contemporáneos aparecieron algunas de las primeras reproducciones en México del trabajo de Giorgio de Chirico y de Dalí, respectivamente.

 Un par de años después, Roberto Montenegro pintó Homenaje a Chirico que justo demuestra la conciencia del pintor mexicano sobre la relevancia del maestro italiano en la pintura figurativa del siglo XX. Esta obra se muestra plenamente contagiada por elementos estructurales de la plástica de Giorgio de Chirico, los cuales no sólo se reducen a los de su periodo metafísico, además de que Montenegro, los mezcló con personajes típicos de la pintura mexicana moderna, en un ambiente de amplia extrañeza, al borde de lo incongruente, muy próximo al Surrealismo, pero como una alegoría hermética del México profundo y olvidado que las promesas de la Revolución no han resuelto.

 En primer plano aparece un caballo que mira hacia el espectador, con cierto aire antropomorfo –como en los equinos de De Chirico a partir de 1925- frente al cual yace un autómata, tal vez el jinete caído, que alude al maniquí metafísico, aunque sin parecerse en realidad a los pintados por el italiano, sino a los muñecos articulados para la práctica del dibujo, además de emular a un caudillo caído en combate. Estos personajes están situados en un extraño peñasco que se eleva hacia al fondo, en dónde aparecen una serie de mujeres morenas enrebozadas, de un lado un trío melancólico, mientras que en el flanco opuesto aparece una figura aislada que por sus gestos parece huir de la escena. El resto del fondo lo compone una extraña arquitectura que entre arcos de medio punto, como en la Pintura Metafísica, enmarcan de forma misteriosa un cielo nublado, además de dividir de manera insólita el espacio, entre el tranquilo mar azul en que navegan minúsculas fragatas en la parte baja del cuadro, del escenario sobre el peñasco, en que simulan estar como flotando los protagonistas del óleo que, como en los cuadros de De Chirico no queda claro que acciones o narración están plasmando, aunque podemos asociarlas con las mujeres penitentes y enrebozadas pintadas principalmente por José Clemente Orozco.

 [1]Justino Fernández, Arte moderno y contemporáneo de México, p. 49.

Maestro Carlos Segoviano, Colección Blaisten, 2019.

Otras obras del artista

Fondo Roberto Montenegro. Fondo Jonh y Marie Plakos

Fondo Francisco Díaz de León