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Juan Soriano

Cuatro esquinitas tiene mi cama, 1941

Oleo / tela
65 x 51 cm
JS002

 En un cuarto austero de paredes azules y techo oliva, duerme sobre una cama tubular, con almohada y sábanas blancas, una pequeña niña de larga caballera, cuyo sueño no parece interrumpirse por la inquietante y mágica presencia de cuatro ángeles que juguetean alrededor de ella en los postes del lecho. Los personajes celestiales son representados como niñas de piel broncínea, con vestidos sin mangas, cabello amarrado y un par de alas coloridas. Es sin duda un evento irreal, pero al mismo tiempo, se manifiesta como una escena con un contexto en concreto: sus protagonistas poseen una fisionomía mexicana y se encuentran insertos en un ambiente suburbano.

 En los años cuarenta, los cuadros de Juan Soriano recrean un realismo cargado de fantasía, al transitar su fino dibujo entre temas de un humor macabro y una poética con tintes oníricos, como justo parece ser el caso de este cuadro, el cual aborda la presencia de un grupo ángeles de la guarda que cuida de la infanta mientras duerme, como si su presencia “coloreara” el ambiente austero y solitario en que reposa con sensación de vulnerabilidad, la niña que muestra las piernas recogidas entre las sábanas, como en posición fetal y con una mano aferrándose a la almohada y con la otra cerca del rostro, como si protegiera su cuello.   

 A lo largo de su carrera, la obra de Juan Soriano se expresa íntimamente ligada a su patria sin caer, como muchos de sus coetáneos, en reminiscencias prehispánicas, reivindicaciones de campesinos o exaltaciones de un paisaje con abundancia de cactáceas. Su manera de relacionarse con la tradición pictórica mexicana, como en el caso de Cuatro esquinitas tiene mi cama, es por medio de una relectura del arte popular que conoció en su natal Jalisco, principalmente a través del filtro de Chucho Reyes, su primer guía en los avatares de las artes plásticas.

 En el ambiente de Guadalajara, cargado de un fuerte catolicismo, Soriano se vinculó con las obras de petición o agradecimiento popular por la intervención de seres divinos como son los exvotos, a los cuales era aficionado Reyes, a lo que suma la serie de ritos litúrgicos como son las oraciones.

 En este sentido, desde el Medioevo, se difundió por Europa un rezo que era practicado en el ambiente hogareño, sobre todo los dedicados a actividades agrícolas, que enunciaban al finalizar las actividades del día, para así proteger a los niños de cualquier espíritu maligno que pudiera introducirse a la casa por la noche, mientras todos dormían. Si bien existen diversas versiones, dependiendo de cada región, buena parte de ellas, en particular las italianas y algunas versiones en Latinoamérica, coinciden en iniciar la oración con palabras como: “Cuatro esquinas tiene mi cama, cuatro ángeles de la guarda, dos a los pies, dos a la cabeza”.

 Tan sólo en los años 40, Soriano además de Cuatro esquinitas tiene mi cama, pintó toda una serie de imágenes sobre infantes rodeados de ángeles, pero con una marcada diferencia, el que estos otros lienzos, cual es el caso de El velorio (1946), Niña muerta (1938), las dos versiones de El entierro (1942) y Ángel de la guardia (1941), se conectan con otra tradición popular afincada en el catolicismo: las representaciones de difuntos llamados repentinos o en el caso de niños muertos, nombrados como “angelitos dormidos”.

 Ello da cuenta, de que la aparición de entes alados en los cuadros de Soriano fue una arista central de este periodo artístico, con la singularidad de que el pintor tapatío tenía un especial interés por la estética clásica, lo que lo llevo a que la fisionomía de sus figuras sobrenaturales tuviera una factura completamente verosímil, como si se trata de seres completamente reales, lo cual es posible de apreciar en los cuerpos, gestos y movimientos tanto de los personajes alados en Cuatro esquinitas tiene mi cama como en otros cuadros de la misma época como Recreo de arcángeles (1943) o La playa (1943).

 A partir de su llegada a la capital en 1935, la obra de Soriano dialogó con la fantasía y el fino dibujo de los artistas plásticos asiduos a la revista Contemporáneos como Manuel Rodríguez Lozano, Roberto Montenegro, Agustín Lazo o Julio Castellanos, quien también representó la aparición de un grupo de seres celestiales ante un infante, en el cuadro Ángeles robachicos (1943), aunque en este caso bajo la vertiente de una muerte de cuna.

 A ello, habría que sumar que a partir de la Exposición Internacional del Surrealismo en México, hubo un mayor interés por la representación de ambientes inusitados, pero con tintes mexicanos, que si bien, ya venían realizando los artistas de Contemporáneos, para este momento, dieron como resultado obras excelsas de la pintura moderna mexicana, que combinan la precaria modernización de México a través de cuartos de vecindades en que aparecen personajes que poseen una fisonomía local, pero rodeados de elementos mágicos, como precisamente sucede en Ángeles robachicos de Castellanos, Cuatro esquinitas tiene mi cama de Soriano y en El sueño de la Malinche de Antonio Ruiz “El Corcito”.

 Los años 40, también es una década en que Soriano se centró en la representación de niños, especialmente aquellos que se enfrentan a la muerte y a las bondades de la vida, entre juegos donde se vislumbra cierto tono de despertar sexual como en Retrato de niña con pollo (1941), La mesa negra (1942), Niños jugando (1942) o Retrato de niña con frutas y flores (1944).

 Las imágenes de niños de Soriano muestran inocencia, optimismo y esperanza, como en obras como Cuatro esquinitas tiene mi cama en que ante la soledad del cuarto, la aparición de los ángeles representados como niñas, nos recuerda a la propia vida de Juan Soriano, quien buena parte de su existencia contó con el apoyo y protección de sus hermanas e infinitas tías, lo cual en buena medida, generaron su mito del eterno niño dedicado al arte.

 

Dr. Carlos Segoviano, Colección Blaisten, 2020.

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