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Manuel Ocaranza

La cuna vacía, ca. 1871

Óleo / tela
76 x 56 cm.
MO002

La producción artística de Manuel Ocaranza se caracterizó por crear una continuidad narrativa en algunos de sus cuadros, como lo observamos en obras como El amor del colibrí (1869) donde se narra el proceso del cortejo y posteriormente en La flor muerta (1868) donde ya se dio un engaño amoroso y la temática cambia de la emoción por un nuevo amor a la pérdida de valores reflejada en una atmósfera azul y fría. Algo similar sucede cuando comparamos El costurero (1873)y La cuna vacía (1871), la primera mostrando la emoción por la futura maternidad tiene un tono acogedor y cálido, mientras que la segunda se aleja totalmente de esto y presenta la ausencia. Ocaranza pinta a una mujer en luto mientras solloza junto a la cuna de un bebé, no es complicado imaginar que se trataba de su hijo, quien probablemente falleció después de una enfermedad, como parecen indicar los frascos en la mesa de noche junto a la cama. Aquí Ocaranza plasma otro lado de la maternidad, el lado de la pérdida, ausencia, que también fue un tema muy sensible para las mujeres de la época ya que la taza de muertes infantiles era alta. Para darle más dramatismo a la obra, el autor nos coloca indicios de la presencia del bebé como el gorrito en uno de los postes de la cuna, la cobija que lo abrigaba, el zapato en la silla detrás de la madre y el juguete en el piso. Aunque La cuna vacía fue realizada antes que El costurero, Ocaranza nos coloca en escena la realidad de las costumbres mexicanas y lo que tampoco podría ser controlado aunque se siguieran al pie de la letra las tradiciones más recatadas, ahí es donde podemos encontrar un diálogo muy claro entre ambas pinturas.

texto: Ana Paula Lopez Nieto

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