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Luis Martínez

Niño con cabras, 1928

Oleo / tela
150 x 190 cm
LM001

La obra de Luis Martínez nos ofrece un depurado ejemplo del trabajo realizado en el seno de las Escuelas de Pintura al Aire Libre, ya que dadas sus dimensiones, el tratamiento de las formas y las evidentes citas plásticas del autor, podemos hablar de un lenguaje más maduro y una técnica más segura, que nos hacen pensar que Martínez, ya de veinte años cuando ingresa a la Escuela de Churubusco, poseía conocimientos previos sobre pintura. Niño con cabras es una pieza emblemática de estos centros educativos, utilizada desde un principio como muestra de los alcances que podrían tener las Escuelas en el desarrollo artístico. Un joven de mirada vigilante, ataviado con sobrero y huaraches, lleva en sus manos una armónica, con la cual hace más llevadera su tarea de cuidar al rebaño de cabras que pasta desordenadamente en los límites de un campo cercado. En un primer plano vemos a un crío alimentándose, mientras que el resto del rebaño parece oponerse con toda su actividad a la espera vigilante del pastor. Alguna cabra se encuentra comiendo, otra más parece estarse limpiando, una descansa plácidamente y otra, situada en el extremo derecho, parece vigilar también las acciones de sus compañeras. El pastor espera sentado el momento de regresar a su casa, rodeado de una multiplicidad de plantas, flores y cactáceas. Martínez idealiza la existencia del campo, acentuando especialmente la riqueza de la tierra mediante una referencia directa a la diversidad de elementos naturales como las biznagas, los diferentes tipos de flores y el árbol de aguacates que crece en la parte posterior, rematado todo ello por un paisaje de extensas cordilleras que se ve a lo lejos. El artista retoma algunas pautas del primitivismo europeo, recordándonos la forma en que Henri Rousseau recurría a los elementos naturales para poblar por completo su espacio pictórico. Sin embargo, la gran diferencia radica en que la obra de Martínez alude especialmente a un contexto local, y en la impresionante capacidad del artista para reproducir con extremo detalle cada uno de los elementos de su escena. El pintor logra captar no sólo las tonalidades de la naturaleza, sino también la calidad de las texturas, a través de una pincelada controlada y fina (véase por ejemplo el pelaje de las cabras, las rugosidades de la madera, las formas de las biznagas y las flores, creando con ello una descripción preciosista del entorno. Una obra muy similar es Los músicos (ca. 1925; colección particular), en la cual Martínez concibió una escena donde domina la especial calidad en la creación de volúmenes y la profusión de los elementos naturales.

Vid. Mireida Velázquez, Arte moderno de México. Colección Andrés Blaisten, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2005.

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