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Saturnino Herrán

La cosecha, 1909

Oleo / tela
72 x 100 cm
SHe002

Se trata de un cuadro muy temprano, cuando el pintor aguascalentense, a punto de concluir su formación en la Escuela Nacional de Bellas Artes, estaba aún en busca de su voz personal. Es una composición abiertamente decorativa en sus propósitos, una noción fomentada por Germán Gedovius entre sus alumnos de las clases de Colorido y de Composición en la Academia de principios del siglo XX. La narrativa no resulta muy llana (rasgo tampoco extraño en el horizonte estético de la época, porque venía a romper con las expectativas de claridad y jerarquización propias del academicismo tradicional): hay una carreta tirada por una yunta de bueyes, cuatro hombres manipulando grandes brazadas de rastrojo, una pareja con un niño de brazos, y una gran pila de verdes tallos de maíz. Pero ¿cuál es la relación entre todos estos elementos? La mujer no trae cesto de comida, lo que implicaría la idea del descanso alimenticio en las horas de faena, o bien la noción del trabajo como actividad requerida para el sostenimiento de la familia. En este sentido, conviene comparar La cosecha con Labor (1908), la primera composición herraniana de importancia que sí sustenta las implicaciones apuntadas y en la que uno piensa, al ver La cosecha, en términos de afinidades y divergencias. Me llama la atención la relativa debilidad de singularización en los rasgos faciales de los campesinos, que no cuadra lo que será uno de los atributos más significativos del Herrán maduro. Las indudables virtudes colorísticas, lumínicas y texturales de la pintura revelan una fuerte influencia de Frank Brangwyn, cuya obra podía ser estudiada en la biblioteca de la Escuela mediante reproducciones en tricromía, tal como consta que lo hicieron Herrán y Diego Rivera.

Vid. Fausto Ramírez, Arte moderno de México. Colección Andrés Blaisten, México, Universidad Nacional Autonóma de México, 2005.

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