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Manuel Rodríguez Lozano

La ramera, 1927

Oleo / cartón
70 x 60 cm
MRL004

La ramera es una de esas mujeres cuyo oficio, el más viejo, se llevaba a cabo en la calle de Cuauhtemotzin, cerca de La Merced, en el centro de la ciudad de México. Aquí es una mujer maciza y de rasgos indios, con un corte de pelo a la moda de los escandalosos años veinte, que usa tacones y vestido para la ocasión, para la carnalidad, su monotonía y monserga. El cuadro está vertido sobre el primer plano; demasiado comprimido el espacio y completamente ocupado por el volumen de la robusta morena, se abre para nuestra mirada, para hacerla ?pública?. El muro verde, la cortina, el adoquín, la pared descarapelada, todo ello acusa un canon estético de lo feo. Además, la pintura fue aplicada con golpes cortos de pincel y el dibujo es preciso aunque no minucioso; la escena es simple y su cauce narrativo corto. La posición de su cuerpo, su hastío, su mirada perdida en ningún horizonte, remontan esta figura a la iconografía de la Melancolía, aquél ánimo afectado de ?bilis negra?, taciturno y pesimista. Aunque su pose no sea tan distinta de algunas de las prostitutas en la serie ?Casa de Lágrimas? de José Clemente Orozco, realizada entre 1913 y 1915, su entorno es más humilde y su posición social más baja: observamos a una trabajadora a solas y en espera, no a una harpía que se divierte con los clientes. Guarda mayor parecido con las mujeres que Henri Cartier-Bresson fotografió en 1934, sentadas en el quicio de su puerta, maquilladas en exceso, como requiere su seducción y marchanteo. Como Cartier-Bresson, Rodríguez Lozano no está interesado en juzgar el innombrable comercio al que esta mujer se dedica. El cuadro habla nada más del instante simple y apenas bello en el que se observa la vida de una puta. Las mujeres han estado casi siempre definidas en función del hombre que la acompaña; es hija, novia, esposa, madre, viuda o prostituta, más que ser autónomo y pleno. Esta definición es tácita, las mujeres existen solamente a través de una mirada que les es ajena. Miedo y recato que se traducen en decoro; mojigatería e intolerancia que se traducen en juicio. Aquél contexto consideraría a ésta mujer el opuesto radical del prototipo, la negación del ?deber ser? de la clase media. En cuadros como La ramera, de hecho, podemos encontrar el juicio de una época sobre la conducta personal y el modo de llevar la vida.

Vid. Carlos Molina, Arte moderno de México. Colección Andrés Blaisten, México, Universidad Nacional Autonóma de México, 2005.

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