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Carlos Orozco Romero

Camino a la belleza, 1937

Temple / madera
38.1 x 30.2 cm
COR034

 Carlos Orozco Romero es uno de los mejores ejemplos de la pintura mexicana que mantuvo abierto diálogo con el acontecer europeo, particularmente con la figuración cubista de Picasso y con los ambientes enigmáticos de Giorgio de Chirico. Con ello estableció una elección para distanciarse de la pintura anecdótica o de exaltación folclórica, para en cambio producir imágenes de una alta carga poética.

 Justo es en 1930 en que Orozco Romero se presentó en el Arts Center de Nueva York, junto a otros artistas mexicanos como Tamayo y María Izquierdo, que cada uno comenzó su propia lectura de la Pintura Metafísica. Orozco Romero quedó marcado por la obra del italiano que pudo ver en las galerías neoyorquinas, como lo atestiguan tanto su enigmática litografía, de enrarecido espacio, titulada Maniquí (colección Blaisten), elemento reiterativo de la metafísica italiana, así como el impacto que ejercieron los paisajes desolados y de misteriosa arquitectura de De Chirico en el pintor tapatío, que comenzó a representar lugares sombríos que le permitieron abordar el ambiente desolado de la provincia, golpeado por eventos como la Revolución o la Guerra Cristera.

 En dichos paisajes, Carlos Orozco Romero ejecutó una simplicidad casi arcaica, al mostrar pequeños elementos arquitectónicos emplazados en solitarios, amplios y montañosos lugares, similares a los exteriores postmetafísicos de Carrà, principalmente porque su presencia en ambientes desolados provocan que exhalen un aire entre realidad y ficción.

 Es entre 1936 y 1937 cuando es posible de encontrar algunas obras de Orozco Romero con mayor sintonía con la metafísica italiana, como son los casos de La fuga, Entrada al infinito y Camino a la belleza, todas ellas compuestas por escenarios despoblados, con extrañas formas geométricas, entes siniestros y en que no queda claro el tema o la anécdota a la que pudieran referir estas obras, sino que los personajes aparecen estáticos como en un tiempo detenido, en que además surge la sensación de que ocultan un misterio, imposible de abordar.

 En el caso particular de Camino a la belleza aparecen en un espacio atemporal dos personajes incógnitos, por más que uno de ellos nos mire; a primera vista no logramos descifrar el porqué de sus actitudes, ni el motivo de su presencia en este espacio, el cual se enrarece además, porque en primer plano sobre el suelo se manifiesta la sombra de un hombre que esta fuera del cuadro, así como el reflejo de un elemento cuadrangular que pareciera remitir a una puerta, ¿acaso alguien mira a estos individuos desde del vano de un extraño portón situado en medio de un desierto?

 El enigma se acrecienta por la desnudez de los dos hombres, cuya piel mestiza se confunde con el paisaje terroso en el cual se sitúan. A pesar de la gama de ocres que domina la escena, Orozco Romero nos regale sutiles pinceladas de azul, violeta y rojo que suministran una extraña calidez y fantasía a la escena; incluso detrás del primer personaje surge una amplia nota aguamarina que parece tomar la forma de un rostro. Sin duda nos enfrentamos a un escenario, no totalmente incongruente como en el Surrealismo, pero sí plagado de fantasía como es propio del realismo mágico que buena parte de los pintores ligados a los Contemporáneos, así como Frida Kahlo, desarrollaron en los años 30 y 40.  

 El supuesto camino a la belleza que persiguen estos actores se extiende a través de una extraña profundidad que llega hasta una lejana cordillera negra, un cielo rojizo y un gigantesco astro que parece ser la luna y que dotan aún más de misterio el de por sí enigmático paisaje.

 Como en obras de Giorgio de Chirico y en algunas de Tamayo de los años 30, una extraña arquitectura es la que marca la perspectiva acelerada, aunque en este caso pareciera ser una extraña ruina, que también parece ser un laberinto y que como en algunas obras surrealistas de Dalí, los personajes corren tras ellas sin dejar claro el porqué de su actividad. Un hombre extiende un lazo, como si fuera parte de un juego infantil, mientras el otro alza sus brazos como si realizara una plegaria, ¿acaso será una especie de rito a la luna?  Al final, tan sólo se trata de una imagen poética, llena de misterio, desde su título, pero inconfundiblemente mexicana en su factura y el ambiente que recrea.

 

 

 

 

 

 

 

Maestro Carlos Segoviano, Colección Blaisten, 2019.

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Fondo Francisco Díaz de León