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Roberto Montenegro

Desesperación, 1949

Oleo / masonite
60 x 65 cm
RM003

A partir de los años 40, la figura del caballo emplazado en lugares enigmáticos fue un motivo recurrente en la obra de Roberto Montenegro, tal es el caso de Homenaje a Chirico (Colección Blaisten) o Ganado  (Colección particular), no obstante, destaca entre estas obras, el cuadro de 1949 titulado Desesperación, en el cual el pintor tapatío dispuso un espacio ruinoso, que remite a los restos de una arquitectura virreinal, pero que por la presencia de unos monumentos bajos, con reminiscencias clásicas, como un frontón, que parecen referir a un par de mausoleos, en realidad el sitio vendría a ser un cementerio, idea que se refuerza por la representación de dos receptáculos rectangulares cuya forma alude a sepulturas en las que se perciben restos óseos. En una de ellas, en un plano central, sobresale un montículo de cráneos, ante el cual extiende sus patas un caballo colorado que emite un gesto de desolación –como el del Guernica de Picasso o el de La crucifixión de Renato Guttuso- cual si tuviera consciencia, como los caballos de actitudes antropomorfas de Giorgio de Chirico, ante la proximidad de la muerte que exhala la teatralidad de este espacio, cuya morbidez se acentúa por la presencia lejana y enigmática de un esqueleto con guadaña, que no se muestra próximo a las representaciones populares mexicanas de las calaveras, como la Catrina, sino más vinculado con las manifestaciones terroríficas y a la vez satíricas del arte medieval europeo, como las danzas macabras.

 También como en las telas de De Chirico se muestran ventanas y arcos que sugieren un espacio más allá de lo visible y que acentúan el carácter fragmentado y devastado de la arquitectura, a lo que se suma una enrarecida perspectiva y un cielo que va de un índigo hacia zonas grisáceas y marrones que parece ser nubarrones, provocando todo ello una mayor ambigüedad al lugar, como si se tratara de un espacio onírico o más bien apocalíptico. La condición fantástica de este sitio se refuerza con la presencia apenas perceptible en una esquina superior, de una tela violeta obscura, que parece abrirse y salir del cuadro cual telón corrido de una obra teatral, elemento también recurrente en las obras de corte surrealista de Montenegro y que además alude a su oficio como escenógrafo, para el cual llegó a laborar junto artistas de la talla de Marc Chagall. En la esquina contraria, también sobre una tela, pero ahora blanca, aparecen en un primer plano cuatro frutas, presumiblemente unos membrillos y unas manzanas, que por el tipo de pincelada sin duda recuerdan y remiten a los bodegones de Cézanne, con lo que en conjunto, la imagen termina por dar cuenta de la gran cultura visual de Montenegro y de su constante proyecto artístico de integrar y apropiarse de distintos movimientos que le fueron contemporáneos, para así no cerrarse a un estética cerrada sólo a las fuentes locales.

 

Maestro Carlos Segoviano, Colección Blaisten, 2019.

Otras obras del artista

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