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Alfonso Michel

La feria, 1945

Oleo / tela
62 x 52 cm
AM005

En 1945, Alfonso Michel presentó 17 cuadros en la Galería de Arte Mexicano, de los cuales Olivier Debroise refirió a que, once de ellos mostraban escenas pueblerinas propias de la provincia mexicana, dada sus construcciones centradas en edificios de un solo piso, acompañados por arcadas, que además de una vez más, recordar a de Chirico, también se emparentaban con el quehacer de María Izquierdo, en particular sus imágenes del circo y aquellos paisajes impregnadas de misterio, particularmente por la disposición de elementos arquitectónicos abandonados en parajes yermos. Dentro de esta referencia se sitúa La feria de Michel, cuyo elemento central es un carrusel primitivo, es decir, sin plataforma, sino a partir de cestas suspendidas amarradas a un poste, que provocan el vuelo circular de diversas figuras de animales, entre ellos un pez, un pájaro y un cisne. Como parte de las atracciones también son visibles tres carpas en una de las cuales aparece un jaguar enjaulado que mira de frente al espectador.

 La identidad de los participantes del evento resulta enigmática, ya que uno se muestra con alas cual ángel, trepado en un árbol y otro presumiblemente femenino, por la falta de claridad en la separación de las piernas, tiene la apariencia de una sirena, montada en la cesta con forma de cisne; podría pensarse que estos entes portan disfraces, mas la pastosidad de la pintura, así como la indefinición en el dibujo, sobre todo de los rostros, dotan de un carácter fantástico a los personajes y con ello al resto de la escena, la que de por si posee un ambiente de extrañamiento por el desértico paisaje, ya que fuera de los elementos de la feria, sólo aparecen dos lejanos y abandonados edificios, cual si el espectáculo nómada hubiera decidido acampar y montarse en un pueblo fantasma o al menos abandonado; una de las construcciones muestra las citadas arcadas dechiriquianas, delante de las cuales, es posible ver un caballo blanco que por la distancia y la actitud que toma, parece ajeno a la festividad, de hecho, la cabeza baja del equino podría hacernos creer que se encuentra en un estado de introspección, es decir, al igual que Izquierdo y de Chirico, los animales asumen emociones y posturas antropomorfas. Otro elemento engañoso es que, a pesar de la luminosidad del cuadro, en un resquicio, al fondo, alcanza a verse la presencia de una luna menguante, lo que refuerza la idea de que más que la representación de un lugar y un momento específicos, los ambientes de Michel sugieren antes que nada el misterio y el despliegue de una serie de valores plásticos, en particular, la espesa materia pictórica, que parece ser una lectura muy particular del Tamayo de los años 30.  

 

Maestro Carlos Segoviano, Colección Blaisten, 2019.

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