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Alfonso Michel

Desnudo, ca. 1950

Oleo / tela
85 x 65 cm
AM040

Hacia 1949, Alfonso Michel decidió regresar a Europa en donde permaneció dos años, en los cuales además de que tener una exposición en la Galería Art Pictorical de Montparnasse, convivió en París con Rufino Tamayo y la nueva figuración de la posguerra; al volver a México, esta experiencia se vio reflejada en el cambio que su estilo pictórico manifestaba, pues si bien sus composiciones se seguían estructurando a partir de un eje central, ahora los objetos se mostraban más sólidos, en un estilo con resabios cubistas, pero ahora más geometrizado y manteniendo aún el vínculo con la estructura de la estatuaria prehispánica; en estas obras predomina la figura femenina y una paleta de colores con predominancia de los ocres, sepias y rojos, sin obviamente excluir el azul, que siempre hace referencia al mar, no obstante, a diferencia de sus anteriores composiciones, en este nuevo periodo se reduce la naturaleza enigmática de los objetos pintados, aunque aún imperan los escenarios misteriosos.

 Tal es el caso de Desnudo, en que en primer plano aparece una mujer que cubre parte de su cuerpo con una tela como en las esculturas grecorromanas o en las bañistas de la pintura europea, con la excepción de que sus rasgos parecen remitir a las figuras precolombinas, particularmente a las piezas sedentes de Colima, de donde proviene Michel, por sus brazos que simulan carecer de estructura ósea, aunque también recuerdan a las figuras femeninas de Tamayo que parecen ser maniquíes elaborados de barro.

 A través del espacio entre sus extremidades y el cuerpo, además de un extraño hueco en su antebrazo, como en buena parte de la obra de Michel, se enmarcan fragmentos del mar que se encuentra detrás de ella, simulando una mayor proximidad, como si el agua estuviera por inundar el espacio que habita la mujer –como ya hiciese Michel con los vasos y floreros de los años 30 que parecen capturar el mar. La fémina desnuda se encuentra apoyada sobre un taburete, inclinado como las mesas de Cézanne, mientras que al fondo una enigmática ventana abierta, que al mismo tiempo parecen ser dos muros de ladrillos, dan paso al paisaje marino, dentro del cual un extraño pilote de madera es acompañado en lo más lejano por una especie de balsa, que al mismo tiempo asemeja a una construcción flotando y a unas nubes que por su forma y textura, parecieran de utilería. Como en los cuadros de la metafísica italiana, Michel nos confunde entre el adentro y el afuera, entre lo real y lo imaginado, pero ahora en vez de bodegones, dispone seres que más que retratos, parecen aludir a entes míticos que hacen de la escena un lugar extraño y aún más fantástico, recordándonos que en todo momento, el principal interés de Michel es la pintura y claro, también el mar.

Carlos Segoviano, Colección Blaisten, 2019.

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