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Agustín Lazo

La costurera, ca. 1942-45

Oleo / tela
77 x 63 cm
AgL003

La costurera de Agustín Lazo se encuentra frente a su vieja máquina de coser Singer, apoyando sus pies descalzos en el pedal de hierro fundido, con un sencillo vestido sin mangas que le llega al tobillo. Con la mano izquierda, desliza una tela negra bajo la aguja, mientras que con la derecha controla la velocidad de la puntada mediante un volante. Su instrumento de trabajo no resulta sorprendente; estas máquinas accionadas mediante energía humana eran muy comunes, incluso hasta mediados del siglo XX, incluso después de la llegada de la electricidad; son el testimonio de una época en que los objetos prácticos, y prácticamente indestructibles de las modernas fábricas de Estados Unidos ?otro ejemplo es el machete Collins? eran omnipresentes tanto en México como en el mundo entero. La mujer está enmarcada por una cortina ondulante, cuya vista tiene flores azul violeta sobre un campo verde, aunque lo que más se distingue es el forro amarillo brillante. Es poco claro lo que esta cortina cubre o de qué se cuelga. La perspectiva ilógica y estrecha se proyecta hacia el fondo, pero las implacables diagonales de la tela, las tijeras, los brazos, los pies y la mirada de la mujer producen un efecto de cascada que desemboca en el ángulo inferior izquierdo del cuadro. Se desconoce la identidad de la costurera, pero sin duda es más joven que su madre, que aparece con el pelo canoso, sentada con su tejido junto a una ventana, en un cuadro octogonal de 1922. Debido al estrecho contacto de Lazo con los surrealistas, es imposible no traer a colación la desconcertante y tan citada frase de Isidoro Ducasse, Conde de Lautremont (1846-1870) que habla del "encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas.? No obstante, aquí no hay instrumentos médicos, ni el paraguas que sí aparece en otras pinturas y dibujos de Lazo. Lo más probable es que este cuadro sea un extraño recuerdo de su niñez, como las memorias recordadas en La familiada o El hijo pródigo, obras en acuarela y a tinta de principios de los años treinta, donde las mujeres llevan vestidos semejantes. De ser cierto, se trata de un recuerdo que lo persiguió desde muchos años antes, cuando pintó Mujer cosiendo en un valle (1935, colección particular), una yuxtaposición más inquietante de trabajo doméstico y naturaleza salvaje, de género y paisaje.

Vid. James Oles, Arte moderno de México. Colección Andrés Blaisten, México, Universidad Nacional Autonóma de México, 2005.

Otras obras del artista

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En Francisco Díaz de León