Emilio Baz Viaud

La calle de Cuauhtemotzin, 1941

Temple y pincel seco / cartulina
51 x 37 cm
EBV013

La calle de Cuauhtemotzin era una larga arteria que hace tiempo delimitaba parte del perímetro sur del antiguo centro colonial de la ciudad de México, no lejos de la vieja estación de trenes de San Rafael y Atlixco. Corría desde la Calzada del Niño Perdido (hoy Eje Central) hasta la Calzada de Balbuena, atiborrada de bares, pulquerías y hoteles baratos, esos sórdidos comercios que uno esperaría encontrar en los límites de cualquier ciudad importante. Hoy, Cuauhtemotzin es poco menos que un recuerdo, enterrada bajo una amplia avenida que lleva el nombre de Fray Servando Teresa de Mier, pero cuya área circundante sigue siendo tensa y marginal ?y todavía zona de prostitución. Sin duda debido a los bajos alquileres, el maestro litógrafo Jesús Arteaga tuvo un taller en esa ?zona de tolerancia?, y varios artistas ?como Pablo O?Higgins? trabajaron con él allí. Quizá esto, o tal vez una curiosidad morbosa, animó a Emilio Baz a ir a echar una mirada, a desviarse de sus clases en la Academia de San Carlos en dirección al antiguo Convento de la Merced y a aventurarse un poco más adentro? En México, como en Europa y Estados Unidos, la fascinación de los artistas por la prostitución no era para nada reciente: las famosas acuarelas de la Casa del Llanto de Orozco de 1913-1915 fueron un importante prototipo mexicano, pero Saturnino Herrán, Henry Glintenkamp, Manuel Rodríguez Lozano y Henri Cartier-Bresson, entre otros, ya habían explorado las calles donde había mujeres esperando sobre las banquetas, de pie frente a las pulquerías y asomándose por las ventanas, en espera de sus clientes. Al menos ?porque a veces uno buscaba algo más?, en esta zona siempre se podían encontrar modelos. En la imagen nocturna de Baz Viaud de la esquina de la empedrada calle de Cuauhtemotzin, seis prostitutas pálidas con vestidos de colores chillones, están de pie frente a varios cuartos numerados; a través de una puerta abierta, un foco desnudo que cuelga del techo emblematiza el descaro de la escena callejera. Una mujer de rojo husmea en uno de los cuartos; dos hombres pasan caminando, mientras un tercero está en tratos con una dama de vestido verde agua y calcetas de amarillo llamativo. Otro se asoma sobre las puertas batientes de una atestada cantina o salón de baile llamado ?El Pierrot?, en honor del payaso francés enfermo de amor. Baz se enfoca en los detalles sensuales ?medias caladas, una falda alzada, camisas arremangadas, incluso el trasero de un perro callejero? y realza el uso del color con un sentido casi folclórico. Pero la gestualidad exagerada y la vestimenta de las mujeres son menos sorprendentes que la pareja del primer plano: el tipo moreno y alto, que lleva una ajustada playera y pantalones grises, coloca afectuosamente una mano sobre el hombro de su cuate-trabajador más bajo de estatura (¿y más joven?), vestido de overol. ¿Es esto sólo una señal de camaradería masculina o está sugiriendo el artista otros ?ligues? tolerados en esta zona?

Vid. James Oles, Arte moderno de México. Colección Andrés Blaisten. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2005.

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